ROMANCES DEL GUAYADEQUE DE FANEQUE HERNÁNDEZ
LAS SIERRAS DEL GUAYADEQUE
Escondida entre las brumas y el frescor del monteverde,
muy sonora borbotea caudalosa y fresca fuente.
“Río de la fuente oscura” quiere decir Guayedeque
en la vernácula lengua de raíces bereberes.
El Urián es la floresta donde tiene sus nacientes
un arroyo que se encrespa a medida que desciende.
Desde esas cumbres isleñas y con rumbo al sol naciente
por juncales y saucedas rauda baja la corriente.
Tras bordear la caldera que hoy llaman de los Marteles
su recorrido se estrecha encajado entre paredes
al pie de unas altas sierras con pinares imponentes.
Llaman El Surco a esta grieta que resquebraja el relieve
con El Mojón a la izquierda, un monte muy eminente,
y Morro Guanil a la diestra, un cantil cortado a rente;
y a sus espaldas dehesas donde pastan libremente
guaniles cabras y ovejas que se apañan anualmente
hacia el fin de primavera con encierro de las reses
en corrales y gambuesas, tradiciones que se pierden
cuando a estas zonas cumbreras, en el siglo diecisiete,
llegan rebaños de ovejas con sus pastores al frente
desde las tierras norteñas, de Teror hasta Agaete,
huyendo de las contiendas con ricos terratenientes,
para hallar en estas sierras cañadones siempre verdes
donde el herbaje revienta al albur de mil nacientes.
Ni en años buenos siquiera aunque a cántaros lloviese
ya no fluye ni resuena aquel río Guayadeque
pues con picos y barrenas se excavaron mil boquetes
que hasta las madres penetran esquilmando los nacientes.
Ruin y franquista caterva de ricos aguatenientes
que por regar tomateras horadan impunemente
las entrañas de la tierra hasta que acallan las fuentes
y silencian las chorreras, robando el agua a la gente.
DE MONTAÑA BATERRA A BARRANCO LA SIERRA
Tras El Surco está la vuelta que de Flores le dijesen,
un recodo que nos lleva cauce abajo a dar de frente
con la Montaña Baterra, al pie del Risco Vegete,
donde labraron sus cuevas los Rodríguez y Marteles.
Uno de ellos, Bartolito, fue el hombre que tuvo el temple
de erigir una taberna a mitad del siglo veinte
labrando a golpes de pico con el sudor de su frente
un laberinto de cuevas donde hasta Ariadna se pierde.
Tras dar al monte la vuelta y pasar Los Majaletes
de nuevo el cauce endereza y prosigue hacia el oriente
dejando a un lado las Cuevas de la Salvia y justo enfrente
las Labradas, do viviera la familia López-Pérez.
Cuevas Muchas nos recuerda el granero de las gentes
que estos predios poseyeran mucho antes de que fuesen
expulsados de su tierra por la violencia inclemente
de cristiana soldadesca al servicio de sus Reyes.
Su fachada colmenera, escalando las paredes,
fue hace un siglo residencia de labriegos temisenses.
Allí fue donde naciera la Dama de Guayadeque
doña Isabel, mujer bella, bondadosa y sonriente.
Más allá, Cuevas Bermejas, labradas en un morrete
de tosca muy labrandera al pie de umbrosa vertiente.
Los López que habitan en ellas, sus primeros residentes,
tienen señera ascendencia de hacendados portugueses.
Por su forma de botella, Garrafiches es la serie
de puntones que bordean la cañada que hay enfrente,
donde a vista de las cuevas se `arratean´ bien las reses
por evitar, si se sueltan, que en los huertos forrajeen.
Huertos que no se riegan desviando la corriente
del caudal de la acequia, que discurre abiertamente,
sino solo con la que alzan a mano con recipientes
pues toda el agua que lleva a la Heredad pertenece.
EL CAMINO DE LOS CANARIOS
De aquí parte una vereda que por la solana asciende
hasta llegar a la Cueva del Cabildo en los andenes
que coronan la ladera, sábor de los canarienses,
desde donde se contemplan a lo lejos las rompientes.
Traspone el cantil la senda y cruza luego el afluente
del Barranco de la Sierra y sus feraces vertientes
hasta encontrar pasarela al pie de un roque imponente
que nos lleva hasta las puertas de las lomadas de Telde.
El Roque Trejo domina los parajes adyacentes:
al pie se abre una hoya que a un sardo perteneciese
y se alza La Pasadilla, el pago más eminente
de la cumbre que corona el municipio ingéniense.
Aquí en Las Toscas naciera Juanito González Guedes,
“El Sacho” que le dijeran, hombre noble, alto y fuerte,
incansable en sus tareas en los pozos del sureste,
en la cava de sus tierras y el cuidado de sus reses.
Le acompaña en sus tareas y en la vida desde siempre
Carmen López, bella dama, hacendosa y muy prudente:
de familias de las Breñas, en las alturas de Telde,
y también de Cueva Blanca, el pago valsequillense.
Culmina al poco la senda de los canarios rebeldes
en la cueva de la Audiencia, templo de paz y de entente,
de justicia y de sapiencia, donde el fayzage de Telde
dictaba justas sentencias y guiaba a sus feligreses.
Fue en verdad Juan González, en su patio floreciente,
el que amable nos dijera los secretos que él oyere
en las voces venerables de su más viejos parientes
sobre el sendero que lleva del Draguillo a Guayadeque.
“Camino de los canarios” es un nombre que al presente
todavía se conserva en el habla de las gentes
que viven por estos pagos montuosos del Sureste.
Y no solo te lo encuentras al leer viejos papeles.
DE LAS RAMPAS A LAS VEGAS DE AGÜIMES Y DEL INGENIO
Prosigue ahora el poema retornando al Guayadeque
en el punto en que la Sierra se une al cauce como afluente.
Majadas en la ladera que al Ingenio pertenece
cortadas en escalera con sus pétreos muretes.
Pajonales en la opuesta, en cuya casa luciente
uno tras otro nacieran los hijos de Manuel Guedes
y Mariquita Cazorla, de indígena progenie,
pastores de pura cepa cuyo ejemplo oda merece.
Ambas lomas ya sestean y en bancales se detienen
cuando llegan a las vegas que explosionan en vergeles.
Ahora el río son tarjeas que reparten por sus redes
su tesoro de agua fresca para dar agua corriente
y regar feraces huertas y setos arborescentes,
y mover pesadas ruedas de molinos estridentes,
bajo la esbelta silueta de dos cúpulas fulgentes,
faros de amor y grandeza de los campos del Sureste.
A pesar de su imponencia algo extraño aquí sucede
pues sus fachadas se orientan hacia puntos diferentes:
La Virgen de las Candelas mira al mar y sus rompientes;
y el Mártir de las Saetas a los montes del Poniente.
¡Hermanos de ambas riberas del barranco Guayadeque
que la grey de ambas iglesias se mire siempre de frente
cara a cara, con nobleza, con la altivez de las gentes
que a sus vecinos respetan y se honran mutuamente!
¡El barranco no es barrera entre los pueblos del Este
si la idea se desprecia de nombrarnos por dichetes!
¡El barranco es recia añepa que nos une y enaltece,
es columna que vertebra la historia de nuestra gente!
Común memoria que empieza como guayrato de Telde,
prosigue en la Edad Moderna como feudo obispalense,
hasta que en Cádiz surgieran en el siglo diecinueve
dos concejos que prosperan por los buenos quehaceres,
por tesón y por destreza, de unos hombres y mujeres
que suelen formar pareja con sus vecinos de enfrente.
¡Toda una historia fraterna que culmina en el presente,
mancomunados con fuerza en la Hermandad del Sureste!

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