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sábado, 23 de mayo de 2026

Prólogo de Pedro Quintana Andrés





PRÓLOGO DE PEDRO QUINTANA ANDRÉS

Doctor en Historia Moderna por la ULPGC

 

A fines de los años ochenta del siglo pasado el afianzamiento del pensamiento newcon pretendió imponer una estrategia de negación de la historia y propalar la disolución de las ideologías disueltas dentro de una narrativa liberal acrítica. Uno de sus representantes –F. Fukuyama- aventuró ya el fin de la Historia. Han pasado casi cuatro décadas desde tan fulgurantes, grandilocuentes y distópicas afirmaciones sin que la Historia disminuya sus aportaciones, controversias o intercambios de ideas en una sociedad cada vez más necesitada de hacer preguntas, mantener la coherencia, aumentar su capacidad crítica y lograr respuestas sobre temas reiterados en la raíz intelectual de la Humanidad durante largo tiempo. Los desafíos del presente, donde se ha producido un notable retroceso en los derechos y libertades humanas en los últimos años con el aumento de los conflictos, el uso del hambre como arma de guerra o el quebranto del derecho internacional con la anuencia de las naciones más poderosas del globo muestran la perentoria necesidad de la presencia del historiador, junto a otras ramas de las ciencias, para dar una explicación adecuada y juiciosa mediante el análisis de los principios de cada uno de los problemas suscitados. 

            El deseo de eliminar ante la opinión pública y el juicio histórico los fracasos de las políticas y aportaciones conservadoras allí donde se quisieron aplicar de manera rigurosa, siguiendo los antiguos caminos marcados por el thatcherismo y el reaganismo, todas ellas vueltas a imponer en muchos países en la actualidad, suponía relegar y forzar a la investigación y crítica histórica a una mera narrativa neutra de los hechos, sin contrastarlos o analizarlos. Ante tales propuestas, es evidente la necesidad presente en cada pueblo y nación de conocer su historia reciente y pasada como medio de explicarse, comprenderse, solidarizarse y convivir entre todos sus componentes, independientemente de la ideología donde milite. Lo contrario sería el fin del conocimiento, sobre todo si la historia se convirtiera en un proceso continuamente reescrito por los vencedores de cada momento porque, como diría el poeta “los conquisté a todos, pero yazgo entre tumbas”. El nazismo, el fascismo o el stalinismo pretendieron modificar el pasado e, incluso, el presente con la manipulación de datos, fotos, reconstrucción de momentos o la simple eliminación sistemáticas de testigos que contradijeran sus mentiras. Sus razones se fundaban en aplastar a la mayoría de los opositores y disidentes, además de borrar en sus gulags y campos de exterminio toda brizna de humanidad de sus acólitos hacia una población indefensa. Todavía muchos no creen en estas masacres sistemáticas ejecutadas por estos verdugos amorales, aconteciendo esas mismas ideas totalitarias para muchos en este país con la barbarie franquista, convirtiéndose este y otros temas en los verdaderos retos del presente y el futuro para los historiadores, si quieren incorporar a la realidad de los hechos del pasado a unas nuevas generaciones ausentes y distantes de la Historia.

            Todos estos procesos, muchos relacionados con las estrategias de cómo preservar las esencias históricas en una etapa digitalizada y mediatizada por la inteligencia artificial, tienen su eco en Canarias, amortiguados por su posición ultraperiférica, pero que no la han dejado exenta de los embates de la contienda dialéctica surgida entre las tendencias apuntadas. En las islas se ha logrado un equilibrio en el seno de los investigadores entre la historia y la historia oral – la memoria histórica, porque allí donde no se ha logrado documental aspectos de las últimas siete u ocho décadas se ha conseguido testimonial, en parte, los acontecimientos históricos que se deseaban borrar o minusvalorar. La etapa franquista fue la negación de los hechos históricos, el intento de destrucción de las pruebas de la impiedad o la distorsión de la realidad cotidiana. Frente a esta desinformación y manipulación de los acontecimientos se impuso la necesidad de rellenar ese pasado en blanco o destruido con el testimonio de los sobrevivientes a este holocausto español. La memoria de las sufridoras, los represaliados, los descendientes señalados o los perdedores perpetuos fue aportando cada palabra o párrafo con los que se han logrado reconstruir buena parte de los hechos durante cuarenta años y lo registrado durante el periodo de la Transición. 

            La Historia es un vehículo fundamental intergeneracional de explicación de buena parte de nuestra idiosincrasia social e individual, una forma de contrastarnos con los otros pero, a su vez, un medio de hacernos entender y comprender a los demás. Indagar en el pasado es también un ejercicio para conocernos, un medio de entender los mecanismos de la estrategia de nuestros antepasados, incluso los más cercanos, para sobrevivir, adaptarse, prosperar o intentar afrontar cada momento. La familia y la parentela extensa fue un tejido de soporte colectivo de los avatares negativos de cada momento, fueron el apoyo y el resguardo cuando las desgracias de todo tipo no habían podido eliminar a la totalidad de los miembros. Devenires cotidianos, siempre al filo de la tragedia, sumidos en un anonimato de generaciones, de una masa desconocida obligada a afianzar y abonar las carreras meteóricas de los personajes cuyas vidas ejemplares pasaban a ser impresas en los libros de los elegidos, aquellos que ya pensaban en cómo explotar o liquidar a los hijos aún no nacidos de las doncellas en sus delirios guerreros y conquistadores. Millones de hombres y mujeres anónimos reducidos a una explotación sistemática, atroz e inmisericorde por cientos de generaciones merecen tener una voz, casi siempre sin nombre o cara, en la historia no oficial, alejada de las exégetas de los vencedores capaces de retorcerlas de forma torticera como medio de exaltar victorias y logros vacuos convertidos en polvo y ceniza. 

            De esa reivindicaciones del esfuerzo, el rutinario trabajo diario de sol a sol, la capacidad de sobreponerse a las duras condiciones de vida o las penalidades sufridas en una cadena de generaciones va este destacado trabajo cuyo interés se centra en un mundo que casi se ha desvanecido, un arcaísmo vivo cuya tenue presencia sigue dignificando nuestros campos y siendo uno de los pocos lazos umbilicales del presente con el periodo Moderno y preeuropeo. El pastor, la unidad familiar, su rebaño y la trashumancia son un elemento intrínseco de Canarias y, sobre todo, de Gran Canaria por ya casi dos milenios, facilitando durante ese tiempo los productos básicos para la dieta del isleño –queso, carne, leche-, la creación de industrias artesanales como las tenerías, la cristalización de un modelo de vida y la lenta creación de un paisaje propio, identificativo de algunas comarcas de la isla. En este estudio el pastor se analiza dentro de un contexto familiar, se le sitúa en el terreno de su trabajo cotidiano, el papel desempeñado en el seno del grupo humano con el que se relacionaba y se estudia su movilidad familiar, factor clave para entender alianzas matrimoniales, el trabajo conjunto de los clanes de pastores, el uso de ciertas áreas de pasto en exclusividad de ciertas familias durante décadas, la tipología del ganado, sus marcas familiares, las tipologías de las producciones, sus áreas de trabajos, el trazado de sus rutas, las inquietudes colectivas, sus principales advocaciones o los mercados a donde dirigía preferentemente sus producción. También en este trabajo se pondera las jerarquías internas de las parentelas y de estas con el resto de las dedicadas al pastoreo, la fidelidad en pastorear con los mismos propietarios, las rutas seguidas en cada periodo y la temporalidad de estas entre los pastores, las señales físicas o antropológicas en las rutas y descansaderos, la herencia del oficio y su forma de trasmisión en el seno de la familia, etcétera, todos ellos factores asociados a las parentelas y clanes pastoriles a lo largo de la etapa estudiada por esta investigación.

            El uso del territorio cumbrero, algunas zonas de las áreas de medianía y los amplios terrenos realengos del sur de la isla, como Ayagaures, Mogán o Fataga para el pastoreo desde la etapa preeuropea facilitaron la colonización del espacio por el ser humano, convirtiéndose el ganado en el factor básico para este proceso. El ganado menor en su lento y continuo deambular en busca de pastos arrastró al hombre hacia nuevos territorios y, con ello, a un proceso de colonización que, habitualmente, terminó en el asentamiento de la población conformando nuevos núcleos agropecuarios. Esta situación se prolongó durante la etapa moderna para buena parte de Gran Canaria en sus vertientes sur, oeste y cumbrera. A los descendientes de los antiguos pastores aborígenes se unieron moriscos y trabajadores cesantes en sus trabajos tras las reiteradas crisis del sistema productivos deseosos de emplearse y crear familias neolocales dirigidas hacia las áreas de demanda de fuerza de trabajo. Ellos serán buena parte de los pastores que apacienten los ganados menores en los cortijos y vueltas de las zonas aun no colonizadas por la agricultura, donde al cuidado del ganado propio, el menos, sumaban los hatos de los medianos y grandes propietarios con tierras de pasto, cortijos o vueltas en esas áreas. 

            El pastoreo también estuvo sometido a los diversos cambios y procesos del modelo económico regional. En la fase del auge azucarero las grandes inversiones se realizaban en la producción, transformación y comercialización del azúcar, dirigiéndose una parte reducida de la mano de obra hacia los cultivos de abastecimiento o la explotación ganadera, con una destacada aportación al mercado insular del ganado vivo y derivados lácteos procedentes de Fuerteventura y Lanzarote. En este periodo una parte de los grande vacíos del territorio insular fueron colonizados, como se ha apuntado, por una ganadería extensiva, trashumante y guanil conducida por un reducido número de pastores. La crisis azucarera generó un vuelco en la producción y papel desempeñado por la isla en el organigrama productivo regional, impulsándose los cultivos de abastecimiento al Archipiélago y el autoconsumo, lo cual supuso el desarrollo de la ganadería –dentro de las limitaciones naturales a su crecimiento o las reiteradas irrupciones de las epizootias- como una de las principales aportaciones al producto interior. El número de pastores –también fomentados por la pobreza y la necesidad de las nuevas familias neolocales- se incrementó en paralelo a la tendencia positiva en el número de cabezas y demanda interna y regional. A su vez, el creciente proceso roturador de los montes de las medianías, la restricción de las áreas de pastoreo, el presunto efecto negativo del ganado menor sobre el monte o el aumento de la presión sobre los recursos como el agua, fueron desplazando a los hatos de ganado hacia áreas cada vez más altas –como los cortijos de Artenara o Gáldar- o situadas en el sureste y suroeste donde las tierras no eran susceptibles de ser explotadas agrícolamente con rentabilidad. Ese desplazamiento desde el norte hacia los altos del señorío de Agüimes, Tejeda o buena parte de la corona serrana del sur suponen un proceso de gran interés, tal como muestra este trabajo, para entender los reagrupamientos de hatos, la presión sobre ciertas áreas de pastos, el aumento de la litigiosidad entre agricultores y ganaderos, las carencias de las carnicerías urbanas en ciertos momentos, la introducción del ganado en vegas o áreas boscosas vedadas, la presión de los usurpadores de algunas áreas montuosas o las relaciones inter e intragrupales de los pastores. Estos desplazamientos de norte a sur quedan reflejados en las relaciones de ramas de pastores asentados en los altos del señorío de Agüimes con un incremento del número de lugareños dedicados parcial o totalmente a la explotación de la ganadería. Guayadeque o la Pasadilla se significaron, junto a las extensiones costeras como Arinaga o Gando, por el positivo volumen de cabezas ganaderas registradas, los cambios en la toponimia o el asentamiento de familias neolocales de pastores en esas áreas. 

            La presente investigación abarca mucho más que el mero análisis del territorio y la ganadería durante un largo tiempo, intenta, ante todo, dar significado a los aspectos históricos, demográficos y antropológicos del pastoreo en las zonas serranas del señorío de Agüimes, donde su explicación es la ejemplificación de lo acontecido en el resto de la isla. En las siguientes páginas el lector conocerá de primera mano el proceso y explotación pecuaria a través de los protagonistas, los pastores, situándolos en un tiempo y en un contexto socio-familiar entendible, capaz de ayudarnos a deducir el papel jugado dentro de la economía insular; su compromiso y salvaguarda por una  explotación equilibrada del paisaje de su entorno; las relaciones familiares; la trasmisión de la herencia cultural; la preservación de determinados prototipos de gestión; o el sostenimiento  de una forma de relacionarse con el paisaje preservada por más de medio milenio.